5.9.06

La expulsión de los jesuitas.

En 1759 los jesuitas fueron expulsados de los dominios del rey de Portugal. En 1762 se decretó una orden similar en Francia y, en 1767, Carlos III ordenó la expulsión de la Orden de todas las colonias de la Corona española. Los virreyes, capitanes generales, gobernadores y presidentes recibieron una real orden confidencial y secreta, en la que se disponía que en cada territorio, en un mismo día, y en todos los lugares donde hubiese miembros de la Orden, se presentaran fuerzas militares y redujeran a sacerdotes y hermanos y los trasladaran a un puerto de embarque donde, como prisioneros, debían esperar algún barco con destino a Europa. No se excluyó de esta orden ni a los ancianos que habían entregado la vida a su apostolado, ni a los enfermos. Se dice que cuando llegaron los militares, los jesuitas los esperaban con las maletas preparadas. La expulsión de los jesuitas de todas las colonias españolas marcó el fin del “Estado misionero” y de sus pueblos. Los bienes del “Estado”, minuciosamente inventariados, pasaron a poder de la Corona, la cual los vendió a estancieros y comerciantes españoles y criollos a través de un organismo llamado Junta de Temporalidades. Después de 1810, el remanente quedó en poder del Estado y las iglesias fueron traspasadas a la orden franciscana.
Los pueblos fueron perdiendo su sentido y la mayor parte de los aborígenes que los habitaban se dispersó, buscando emplearse en centros urbanos de españoles o en las nuevas estancias surgidas en las antiguas propiedades de las misiones. Los inmigrantes europeos que llegaron a fines del siglo XIX crearon pueblos en las inmediaciones de esos antiguos complejos. Al hacerlo, no respetaron los anteriores trazados ni sus centros, los cuales quedaron en la periferia de las nuevas poblaciones (“Guía turística YPF”, Ed. San Telmo S.A., Bs. As., 1998).

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