5.9.06

Llegada a San Ignacio.


Sacamos las mochilas del portaequipajes del ómnibus que abordamos en Jardín América. Estábamos en la entrada de la localidad de San Ignacio. Después de caminar aproximadamente unos mil metros fuimos a parar, por indicación de un vecino que nos asesoró muy amablemente, a un restaurante que está ubicado a cuatro cuadras de la entrada a las ruinas jesuítico-guaraníes. Allí pudimos almorzar a muy buen precio y dejar nuestro equipo a resguardo mientras nos aprestábamos a visitar lo que ha quedado de la misión. Hacía muchísimo calor y se veía muy poca gente en las calles del pueblo.
Cuando una persona abona la entrada a las ruinas de la Reducción Jesuítica de San Ignacio Miní, se le entrega un ticket con el que es posible trasladarse y visitar también las ruinas de Santa Ana y de Loreto, ubicadas en las localidades misioneras del mismo nombre. El sistema de venta y control de los tickets está totalmente informatizado, de modo tal que unas lectoras de códigos de barra leen la información contenida en los mismos al ingresar a cualquiera de los tres complejos de ruinas.
Estando allí uno no puede dejar de pensar en los miles de aborígenes que debieron haber caminado por ese lugar, y es casi imposible abstraerse del aire místico que rodea todo el lugar.
Primero realizamos un recorrido por todas las ruinas acompañados por un guía que nos fue explicando cada detalle y respondiendo cada una de nuestras preguntas muy cordialmente. Luego decidimos recorrer por nuestra cuenta aquellos sitios que no están en muy buen estado de conservación, pero que resultan tan impactantes como los que han sido restaurados hace poco tiempo. Todos son lugares para conmoverse y cuesta mucho convencerse y aceptar que toda esa obra fuese ejecutada por los verdaderos dueños de toda esa tierra: los aborígenes guaraníes.

Un recorrido por las ruinas de la misión.


Pasamos nuevamente por el Portal Principal de la iglesia y nos detuvimos a observar en detalle la remodelación efectuada en el Portal Este. Todos coincidimos al momento de comentar lo hermosas que se verían las ruinas si el trabajo hecho en ese portal se extendiese a la mayoría de las construcciones del complejo.
En lo que queda de la enorme cantidad de columnas que originalmente sostenían los techos de las galerías de las viviendas, hay una que llama la atención de todos los visitantes: un árbol creció sobre ella y sus raíces la fueron cubriendo lentamente. En la actualidad es posible observarla incrustada en el interior del tronco del árbol. Todo el lugar invita a que la imaginación vuele y se retrotraiga hasta la época en que cientos de aborígenes guaraníes intentaban escapar de la esclavitud y de la muerte buscando refugio en estas misiones que, al fin y al cabo, también constituyeron un modelo de dominación: les imponía a los nativos americanos una religión, una organización económica y nuevas pautas culturales. Pero es importante destacar que este modelo resultaba absolutamente más benigno que otros sistemas impuestos por los conquistadores.
Después de recorrer y observar con detenimiento lo poco que ha quedado de lo que sin lugar a dudas debió haber sido un hermoso y gigantesco poblado en medio de la selva, regresamos a la plaza de armas de la misión y nos acostamos sobre el césped, a la sombra de un viejo cedro misionero. Preparamos el mate y aprovechamos para hacer algunas llamadas desde nuestro teléfono celular.
A las 17:00 hs. dejamos el complejo de ruinas y luego pasamos por el restaurante a retirar nuestras mochilas. Caminamos hasta la parada de ómnibus ubicada en el centro del pueblo con la intención de tomar algún colectivo que nos llevase hasta la ciudad de Posadas.
Si bien habíamos andado muchísimo durante todo el día y el cansancio se notaba en todos nosotros, lo que nuestros rostros reflejaban era cierto aire de tristeza al saber que quedaban muy pocas horas para que el viaje tocase a su fin. Era sábado, y al día siguiente a las 09:00 hs. debíamos tomar, en Posadas, el tren que nos llevaría de regreso a Buenos Aires.

El pueblo de San Ignacio hoy.

San Ignacio es un pueblo pequeño de poco más de 6.000 habitantes. Nació de una colonia agrícola fundada sobre la reducción jesuita que allí existía. Ha experimentado un notable crecimiento debido a los numerosos servicios establecidos en la zona, apoyados por una economía sustentada por la explotación del té y la yerba mate*, en la industria forestal de sus numerosos aserraderos y en la extracción de piedra laja. En los últimos años del siglo XX se ha sumado un número creciente de turistas que, en su viaje a las cataratas del Iguazú, hacen un alto aquí para conocer las ruinas de la reducción jesuita (“Guía turística YPF”, Ed. San Telmo S.A., Buenos Aires, 1998).

* Para más información acerca del cultivo del té y de la yerba mate en la provincia de Misiones, hacer clic abajo en “Salto Tabay”.

San Ignacio de Loyola y su "Orden de los jesuitas".

La Compañía de Jesús –orden religiosa creada en 1534 por San Ignacio de Loyola y conocida como Orden de los Jesuitas– es responsable de haber establecido en América del Sur las misiones o reducciones, que entre los siglos XVII y XVIII representaron para la población nativa una alternativa preferible a la de ser cazados por los encomen- deros españoles o los “bandeirantes” brasileños, que los vendían como esclavos.
Siempre alejadas de las ciudades, para resguardar a los nativos de la voracidad e influencia cultural de los conquis- tadores, estas verdaderas unidades habitacionales y productivas de carácter comunitario llegaron a tener, en conjun- to, una población superior a 140 mil habitantes. En ellas, los guaraníes trabajaron la tierra, aprendieron oficios, sufrieron en ocasiones malos tratos, y se convirtieron a la religión católica (Diario Clarín –Sociedad–, Bs. As., 27 noviembre de 2004).
La organización de la Orden estaba inspirada en la estructura militar: de ahí su nombre de “compañía” y el de “general” con que se designaba a su padre superior. En 1604, el general jesuita Acquaviva decidió formar un “Esta- do independiente” sobre el territorio de los aborígenes guaraníes, que se llamaría Paracuaira. Para tal efecto envió al padre Diego de Torres, quien llegó a Asunción en 1607 con doce misioneros españoles e italianos ("Guía turística YPF", Ed. San Telmo S.A., Bs. As., 1998).

La fundación de las misiones.


En la fundación de las misiones se reconocen dos períodos. El primero abarcó desde 1609 hasta 1635. Fue la época más azarosa, con fundaciones movedizas y un gran éxodo al final. Comprendió tres regiones muy distintas entre sí: el Guayrá, que limitaba al oeste con el río Paraná, al este con las sierras próximas a las costas del Atlántico y al sur con el río Iguazú, todo dentro del actual territorio brasileño. Sus primeras fundaciones fueron San Ignacio y Loreto. Entre 1622 y 1629, el padre Antonio Ruiz de Montoya fundó otros 11 pueblos en esta región, que luego fueron diezmados por los ataques de los “bandeirantes”, esclavistas provenientes de la costa atlántica. En 1631, el padre Ruiz de Montoya, con 4.000 nativos, emprendió el éxodo de sus misiones a través de la selva para radicarse unos setecientos kilómetros más al sur, en la actual provincia de Misiones.
El Tape fue la segunda región. El padre Roque González penetró desde Asunción hacia el sudeste, fundando Concepción (1620), San Javier y Yapeyú (1628). Luego cruzó el río Uruguay y se internó profundamente en el actual Brasil, fundando San Nicolás y varias otras misiones hasta las proximidades de la costa atlántica. Fue asesinado en 1638 por los aborígenes, y su obra destruida por los bandeirantes. Los habitantes de sus pueblos se replegaron hacia el río Uruguay.
La tercera región estaba ubicada al norte del Paraguay y al este del río Paraguay y su nombre era Itatín. En ella se fundaron una serie de pueblos que fueron atacados por nativos hostiles en 1632 y luego destruidos por los bandeirantes. Los habitantes emigraron hacia el sur en busca de seguridad.
El segundo período se caracterizó por el traslado de los aborígenes y su concentración en el área de protección de los ríos Paraná y Uruguay. Las poblaciones del Guayrá bajaron por el río Paraná hasta la actual Misiones. Las del Itatín lo hicieron hacia el sur, hasta el territorio limitado por los ríos Paraná y Tebicuay, y las del Tape se replegaron a la ribera sur del río Uruguay ("Guía turística YPF", Ed. San Telmo S.A., Bs. As., 1998).

El "Estado teocrático jesuítico-guaraní".


A partir de 1632 se creó en esta región un verdadero “Estado teocrático jesuítico-guaraní”, con obras de un empuje increíble. Hacia mediados del siglo XVIII la Compañía de Jesús había despertado grandes animadversiones en diferentes planos. En lo económico, las misiones producían la envidia de los españoles y criollos, pues contaban con mano de obra voluntaria. En lo político, se les reprochaban actitudes “transnacionales”, ya que habían intervenido incluso en conflictos limítrofes entre España y Portugal por el territorio de las misiones y los padres jesuitas habían actuado mancomunados contra los intereses de sus respectivos reyes. En lo teológico, los jesuitas impugnaron la legitimidad del concepto de “derecho divino” que sustentaban el poder y la herencia de todas las monarquías de Europa. En lo intelectual, se opusieron al laicismo que imperaba en la clase culta europea ("Guía turística YPF", Ed. San Telmo S.A., Bs. As., 1998).

La expulsión de los jesuitas.

En 1759 los jesuitas fueron expulsados de los dominios del rey de Portugal. En 1762 se decretó una orden similar en Francia y, en 1767, Carlos III ordenó la expulsión de la Orden de todas las colonias de la Corona española. Los virreyes, capitanes generales, gobernadores y presidentes recibieron una real orden confidencial y secreta, en la que se disponía que en cada territorio, en un mismo día, y en todos los lugares donde hubiese miembros de la Orden, se presentaran fuerzas militares y redujeran a sacerdotes y hermanos y los trasladaran a un puerto de embarque donde, como prisioneros, debían esperar algún barco con destino a Europa. No se excluyó de esta orden ni a los ancianos que habían entregado la vida a su apostolado, ni a los enfermos. Se dice que cuando llegaron los militares, los jesuitas los esperaban con las maletas preparadas. La expulsión de los jesuitas de todas las colonias españolas marcó el fin del “Estado misionero” y de sus pueblos. Los bienes del “Estado”, minuciosamente inventariados, pasaron a poder de la Corona, la cual los vendió a estancieros y comerciantes españoles y criollos a través de un organismo llamado Junta de Temporalidades. Después de 1810, el remanente quedó en poder del Estado y las iglesias fueron traspasadas a la orden franciscana.
Los pueblos fueron perdiendo su sentido y la mayor parte de los aborígenes que los habitaban se dispersó, buscando emplearse en centros urbanos de españoles o en las nuevas estancias surgidas en las antiguas propiedades de las misiones. Los inmigrantes europeos que llegaron a fines del siglo XIX crearon pueblos en las inmediaciones de esos antiguos complejos. Al hacerlo, no respetaron los anteriores trazados ni sus centros, los cuales quedaron en la periferia de las nuevas poblaciones (“Guía turística YPF”, Ed. San Telmo S.A., Bs. As., 1998).

Fotografía del Portal Este.

Toda la estructura del portal, que corría riesgo de derrumbarse, fue reconstruida piedra por piedra y apuntalada con nuevas vigas de madera. Tanto esta obra como la del Portal Principal, que estaba a punto de iniciarse, son parte del programa World Monuments Watch (Guardián de Monumentos del Mundo), creado en 1995 por World Monuments Fund (WMF) y la Fundación American Express, que destina un millón de dólares anuales a la conservación de tesoros históricos y artísticos de todo el planeta, que están en peligro de destrucción. Las obras fueron encargadas directamente por WMF al estudio de arquitectura Magadán y Asociados, especializado en restau- raciones. Esta modalidad se debe a experiencias poco felices que la entidad dice haber tenido en el pasado, cuando donó al gobierno nacional fondos que jamás se utilizaron para los fines previstos (diario Clarín/Sociedad, Buenso Aires, 27 nov 2004).
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Más acerca de nuestro viaje haciendo click abajo en "Gran Salto del Moconá", "Salto Encantado" y "Salto Tabay".
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